Capítulo 5 – Viviendo en el caos

Las caídas son para levantarse, pero hay unos tropezones de los cuales parece imposible hacerlo. 

Después de pasar por la tormenta de la muerte de Jose, uno de mis mejores amigos, se abre un nuevo capítulo en mi vida.

Ya no se trataba de dolor, ya todo había dolido demasiado.

Era hora de levantarme y continuar, pero no era fácil.

Tal vez era uno de los retos más grandes que tendría en la vida, levantarme, siendo aún tan joven y después de varios golpes.

Pero todo pasa por algo, tal vez debía pasar por estos golpes para recibir luego uno mayor.

Fue así como empecé un camino hacia la etapa de resiliencia.

La resiliencia, en psicología es la capacidad que tiene una persona para superar circunstancias traumáticas como la muerte de un ser querido, un accidente o situaciones similares.

Pero el camino para aprender a ser resiliente no es nada fácil, como en todo, la práctica hace al maestro.

Desgraciadamente para aprender a ser resiliente, primero debes pasar por situaciones que te pongan a prueba. 

Yo ya había tenido unas cuantas pruebas, aunque no sabía que me estaba fortaleciendo, no era consciente de ello.

Para aprender a levantarte primero debes caer mil veces.

Eso y nada más.

Es por ello comencé un camino que era más bien caótico.

Era un camino en el cual, no transitaba nada ni nadie, pero iban todos a la vez.

Estaba acompañado de mucha gente, pero al mismo tiempo estaba en una soledad infinita, enfrentado a la vida, enfrentando mis miedos.

Cuando llegan esas personas que son pilares en tu vida

Pero como en toda historia de vida, siempre llegan personas que te ayudan a volver a creer.

Las caídas son para levantarse, pero hay unos tropezones de los cuales parece imposible hacerlo.  Clic para tuitear

En la Universidad había conocido una de mis grandes amigas, Juliana.

Increíblemente, Juliana vivía a la vuelta de mi casa, durante toda su vida había vivido allí, yo jamás la había visto, ni ella a mí.

Con el tiempo nuestra amistad fue creciendo, cada vez teníamos más confianza.

Fue ella la primera persona a quien le conté que era gay.

No fue fácil, para nada.

Aunque tenía muchísima confianza con ella, dar ese paso, sobre todo, la primera vez, causa pánico.

Sin embargo, ella estuvo ahí para mí.

Juliana me escuchó y entendió perfectamente, pero lo más fantástico de todo, jamás me juzgó.

Se convertiría así en uno de mis apoyos más grandes para sobrevivir a esta nueva etapa.

Y con esta nueva etapa también llegaría el primer amor, esa persona que jamás olvidaré.

Camilo.

Un amor de esos inocentes, ninguno de los dos había salido del clóset.

Tampoco teníamos amigos gais en ese entonces, solo nos teníamos el uno al otro.

Un amor que duró 4 años y al que no le supe pagar muy bien todo lo que hizo por mí.

Otro de los grandes pilares que tuve en esa época, la familia de Camilo, personas que se convirtieron en mi segunda familia.

Aunque durante mucho tiempo no supieron qué tan cercanos éramos en realidad Camilo y yo.

Ante el mundo éramos mejores amigos, eran épocas diferentes.

Hoy en día salir del clóset es mucho más fácil, en esas épocas todo el mundo se escandalizaba, sobre todo en una ciudad pequeña, como lo es Manizales.

Fue así como comenzó una época de grandes vivencias, pero que elegí vivir a escondidas.

No quería que mi familia se diera cuenta, suficiente teníamos ya con la enfermedad de mi madre. No quería traer un problema más.

Aunque estoy plenamente convencido de que las familias siempre saben lo que uno es, solo que, eligen callar.

Pero guardar un secreto como estos es casi imposible, mucho más cuando hace parte de tu esencia, de tu ser.

Entre más me enamoraba, más quería que el mundo supiera lo encubiertamente feliz que era.

Así comenzó una época en la cual fui contándole mi situación a varios de mis mejores amigos, hasta que todo se fue normalizando.

Se normalizó de tal forma que también comencé a conocer más gente gay, conocí sitios de ambiente, que no eran muchos en ese momento.

Pero todo seguía siendo clandestino. 

A medida que reconocía el mundo del cual era parte, paralelo a ello, también vivía una situación demasiado complicada en mi casa.

La salud de mi madre cada vez se deterioraba más, fue perdiendo la movilidad, el habla y así pasaban los días.

Mi hermana, quien se encargaba de cuidarla casi todo el tiempo, cada vez se alejaba también un poco más de su propia vida, para encargarse por completo de mi madre.

En casa todos éramos como fantasmas, intentábamos mantener en pie una familia que estaba devastada.

Tal vez ese sería el principio del fin.

La casa que antes era el centro de toda la familia, ahora, era el centro de una felicidad fingida, todo para que mi mamá tuviera un tanto de tranquilidad en sus últimos meses de vida.

Mi cabeza estaba más revuelta que nunca. 

No sabía si entregarme a vivir la felicidad de mi aceptación como un ser humano valioso, o ser parte del dolor enmascarado que existía en mi familia.

Todo era tan raro, tan sin sentido.

Podía pasar de la felicidad extrema a la tristeza más fuerte.

En últimas, era como un zombie, estaba tan vivo y tan muerto a la vez, estaba feliz y triste al mismo tiempo.

Esas dos situaciones hicieron que cayera en un caos existencial.

Era un caos del cual escapaba a ratos, pero sabía que debía terminar volviendo allí. 

Uno de esos escapes era la familia de mi pareja.

Los ratos junto a ellos eran fantásticos porque sentía la calidez de estar acompañado e importarle a alguien.

No es que en mi casa no le importara a nadie, de hecho, estoy seguro que mi madre debió extrañarme mucho en esos momentos.

Aunque también tuve momentos memorables junto a ella.

Recuerdo muy bien pasar horas juntos, viendo tele o leyendo los poemas que ella había escrito tiempo atrás.

Porque mi madre era poeta, amaba escribir.

Era una mujer llena de emociones, llena de vida, llena de sentimientos que alguna vez guardó, pero que, a través de la poesía, pudo hacer visibles.

De mi madre heredé el gusto por escribir, aunque ya quisiera yo escribir como lo hizo ella.

Con tanta sensibilidad, con tanto amor por los suyos.

¡Ay madre, te me fuiste muy pronto!

Te faltaron muchas cosas por enseñarme en vida.

Pero bueno, sé que desde donde estás me has enviado las lecciones necesarias para seguir adelante. 

La vida misma se encarga de ir poniendo pruebas en nuestro camino.

Pero, en el momento en el que llegan esas pruebas, no sabemos reconocer el valor que tienen para ayudarnos a crecer.

Por ello te quiero decir esto.

Tal vez estás pasando por una etapa difícil y no entiendes por qué te pasa esto a ti.

También puedes creer que eres la persona más infortunada en este mundo, que no hay nadie que sufra más que tú.

Pero dos cosas te puedo asegurar.

La primera, siempre existirá alguien con problemas más grandes que los tuyos.

La segunda, de todo lo malo sale algo bueno, créeme, hasta de la peor desgracia se aprende.

Así como yo tuve dos años en el limbo, en medio de un caos que no entendí en ese momento.

Ese tiempo en el cual pensé que nada pasaba en mi vida, realmente estaba pasando todo.

Esos años me estaban alistando para el golpe más duro que podía recibir, pero de ello te contaré en los próximos posts.

Hasta un próximo capítulo. 

Alejandro Pérez
@CangrejoPerez

Lee los otros capítulos de la serie Fluir:

Capítulo 1 – Adiós Papá
Capítulo 2 – Aprender a volar o morir
Capítulo 3 – ¿Quién nació para sufrir?
Capítulo 4 – Jamás entendí por qué tomaste esa decisión

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2 comentarios en “Capítulo 5 – Viviendo en el caos”

  1. Totalmente de acuerdo de las situaciones más difíciles con el tiempo salen cosas grandes y positivas. Cangrejo porque no un libro?

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