Capítulo 3 – ¿Quién nació para sufrir?

¿Quién nació para sufrir? 

Absolutamente nadie, los seres humanos vinimos a este mundo para crecer y ser felices, aunque a veces esa felicidad dure poco.

Pero, sobre todas las cosas, los seres humanos vinimos a este planeta para amar sin límites.

Lo que pasa es que a veces olvidamos que la persona a quien más deberíamos amar es a nosotros mismos.

Es ahí cuando perdemos el rumbo.

Lo que pasa es que a veces olvidamos que la persona a quien más deberíamos amar es a nosotros mismos. Es ahí cuando perdemos el rumbo. Clic para tuitear

Pero desgraciadamente, sin sufrimiento, las lecciones no se aprenden del todo bien.

De los golpes se aprende mucho más que de los triunfos, yo no lo sabía en ese momento, cuando tenía unos 18 años, pero estaba a punto de descubrirlo. 

Para obtener esas lecciones de vida, primero debía pasar por la pérdida de personas muy importantes para mí.

Cuando muere un ser querido pensamos que eso no debió ocurrir jamás.

Porque en principio actuamos desde el egoísmo, desde la falta que nos hace la persona que partió.

Todos quisiéramos que nuestros familiares y amigos fueran eternos, pero lastimosamente eso no es así.

Lo peor es que, a veces, la vida te quita a las personas en el momento menos indicado.

Aunque, pensándolo bien, jamás existirá un buen momento para ver morir una persona que amas.

Fue así como la misma semana en la que murió mi padre, también recibimos una noticia devastadora.

Mi madre tenía unos síntomas muy extraños desde unas semanas atrás.

Tenía dificultad para hablar, había perdido fuerza en las manos y las piernas, pero no le dolía nada.

Después de visitar varios médicos y especialistas, ninguno encontraba la causa de su deterioro.

Hasta que, por fin, un neurólogo que aún recuerdo con especial afecto por todo lo que hizo por mi madre, dio un diagnóstico que no entendíamos muy bien.

El especialista con una notable preocupación nos dijo que mi mamá padecía una enfermedad degenerativa llamada Esclerosis Lateral Amiotrófica, más conocida como ELA.

Si no sabes de qué enfermedad hablo, tal vez recuerdes el Ice Bucket Challenge.

Un reto que se viralizó hace unos años, en el cual, personalidades comenzaron a echarse encima un balde lleno de agua con hielo.

Todo ello para sensibilizar a la sociedad acerca de la existencia de esta terrible y silenciosa enfermedad.

Aunque tengo que aceptar que la mayoría de personas que hacían el reto ni sabían por qué lo estaban haciendo, muchos simplemente lo hicieron por conseguir likes y ganar seguidores.

Sin embargo, aunque muy pocos realmente se dieron cuenta que esta enfermedad existía, eso ya era un gran avance.

De hecho, cuando diagnosticaron a mi madre con ELA, por allá en el año 2000, nosotros no entendíamos muy bien de qué trataba.

Como te conté, el diagnóstico de mi madre llegó la misma semana en la que había muerto mi papá.

Dos noticias que parecían sacadas de una película de terror, es como si el universo hubiera confabulado para que ocurriera esto.

En ese instante, lo fácil hubiera sido echarnos a la pena y pensar que nada tenía solución, pero eso no hubiera solucionada nada.

El neurólogo nos dijo que mi madre tenía una enfermedad terminal, pero nosotros no creíamos demasiado en lo que nos decía, porque ignorábamos las verdaderas consecuencias.

Solo 2 de cada 100 mil personas en el mundo padecen esta enfermedad, es por ello que es normal si no has oído hablar de ella.

La ignorancia acerca de la situación nos llevó a creer que podía existir una cura para tal enfermedad.

Te debo confesar, creo que en este caso la ignorancia nos ayudó muchísimo.

Nosotros no creíamos que esa enfermedad no tuviera cura, es por ello que comenzamos una difícil carrera para encontrarla.

Aquí comienza la que ha sido la lección más grande que me ha podido dejar una persona en toda mi vida. 

Mi mamá tomó una actitud que difícilmente podría tomar una persona en ese momento tan difícil por el que estaba pasando.

Ella, aunque golpeada por el diagnóstico de su enfermedad y la reciente muerte de mi padre, tomó la decisión de enfrentar la vida con valentía.

Mi madre estaba enseñada a luchar contra causas perdidas y había salido victoriosa en muchas de ellas.

Entre tantas causas perdidas, logró salvarme de una muerte casi segura, cuando yo apenas tenía 8 años.

En ese momento yo sufría de asma crónica, en una de tantas crisis estuve a punto de morir.

De hecho, un médico le dijo a mi madre que ya no había nada qué hacer, mejor dicho, le dijo que me dejara morir porque las medicinas ya no me hacían efecto.

Pero ella, con su valentía y sobre todo mucha fe, me llevó a un hospital en el cual me salvaron la vida.

Con los cuidados de mi madre no solo me recuperé, con el tiempo también me curé de ese terrible mal del asma.

Fue así como mi madre comenzó una maratón contra el tiempo, una maratón llena de positivismo y ganas de recuperarse.

No importaban las barreras que le pusiera la enfermedad, ella estaba segura de continuar hasta donde alcanzaran sus fuerzas.

Ese mismo espíritu nos contagió a nosotros, sus hijos.

Cada día la veíamos con un semblante lleno de alegría y sobre todo, ganas de vivir.

Ella hacía sus fisioterapias, nos pedía que le ayudáramos a buscar diferentes médicos que podían curarla.

Su esperanza era infinita.

La llevamos a cuanto médico tradicional, alternativo y bioenergético que se cruzaba en nuestro camino.

Cada nueva oportunidad que se presentaba era una esperanza de vida para ella y también para nosotros.

Siempre creímos que ocurriría un milagro que la mantendría sana y viva.

Ese fue nuestro motor cada día, durante el primer año y medio de su enfermedad.

De entrada, te digo, en mi opinión, esta puede ser la enfermedad más terrible que puede padecer un ser humano y ya te voy a contar porqué.

La Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA) es una enfermedad degenerativa de tipo neuromuscular.

Lo que ocurre es que todas las neuronas motoras del cuerpo comienzan a morirse de un momento a otro.

Cuando este proceso comienza no hay quién lo detenga porque aún no existe cura, ni siquiera existe un medicamento que pueda contener los estragos de la enfermedad.

La persona que padece ELA comienza a perder paulatinamente el habla y el movimiento, este proceso degenerativo puede durar años.

En el caso de mi madre fue un proceso que duró casi 3 años. 

El individuo cada vez puede moverse menos, la comunicación verbal termina por perderse.

Sin embargo, con mi madre encontramos una hermosa forma de comunicarnos.

Mi hermana, quien cuidó de mi madre durante estos años, se inventó un abecedario que hizo con fomi.

Para comunicarnos con mi madre, ella llevaba su mirada a cada una de las letras del abecedario, las cuales nosotros íbamos conectando para armar las palabras y frases que nos quería decir.

Al poco tiempo pudimos conversar fluidamente con ella, recuerdo con lágrimas la felicidad que le producía a mi madre el poder expresar lo que sentía y lo que pensaba.

La Esclerosis Lateral Amiotrófica devasta no solo a la persona que la padece, también es un duro golpe para las personas que rodean al afectado.

Ver uno de tus seres queridos que comienza a quedarse inmóvil paulatinamente, mientras su cerebro sigue intacto.

Quienes padecen ELA se mantienen lúcidos hasta el último momento de su vida, pero pierden toda capacidad de moverse y hablar.

Es simplemente espantoso ver una persona que amas encarcelada en un cuerpo que ha perdido todas sus facultades.

En mi casa solo quedábamos 3 hermanos, uno de ellos estaba dedicado casi por completo a su vida laboral y profesional. 

Luego estaba la menor de mis hermanas quien dejó su trabajo y su vida para dedicarse a cuidar de mi madre hasta el último de sus días.

También estaba yo, con poco menos de 20 años. El menor de 6 hermanos.

Estudiando en la universidad, aceptándome como ser humano, luchando por no caer en la depresión.

Comenzaron 3 años de lucha, 3 años que me enseñarían más que todo el resto de mi vida junta.

Los 3 años que me marcaron para siempre, años en los cuales estuve a borde del precipicio.

Sin embargo, la fortaleza que mostró mi madre durante su enfermedad fue un gran ejemplo para que yo pudiera lograr estar hoy aquí.

Pero, lo que yo no sabía es que todo se podía poner aún peor.

Pronto recibiría una terrible noticia que me hizo aprender a valorar mi vida.

Desgraciadamente esta lección también vendría acompañada de la pérdida de uno de mis grandes amigos del colegio.

Pero esto te lo contaré en el próximo capítulo.

Hasta pronto.

Alejandro Pérez
@CangrejoPerez

Lee los otros capítulos de la serie Fluir:

Capítulo 1 – Adiós Papá
Capítulo 2 – Aprender a volar o morir
Capítulo 4 – Jamás entendí por qué tomaste esa decisión

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