Capítulo 2 – Aprender a volar o morir

¿Será que nuestro destino ya está definido desde antes de nacer? ¿O simplemente vamos por la vida creando nuestra realidad cada día?

La vida tiene giros insospechados, a veces pareciera que todo lo que vivimos hace parte de una película, con libretos, héroes, villanos, momentos difíciles, amores que vienen y van.

Si la vida es como una película entonces debería existir un escritor o libretista a quien se le ocurre todo lo que vivimos a diario. Un libretista bipolar que a veces amanece de buen genio y escribe para hacernos muy felices, otras veces amanece triste y solo quiere hacernos sufrir.

Fue así como llegó uno de los fines de semana más oscuros de mi vida, mi padre había fallecido.

Lo único en lo que podía pensar en ese momento era en los buenos momentos que había vivido a su lado.

Aunque no te puedo mentir, también pensaba en el dolor que él había padecido en esos meses.

De cierta forma, me daba tranquilidad que ya no tuviera que pasar más por el dolor de las quimios.

Recordaba cada uno de los días que habíamos compartido, sobre todo en los últimos tiempos.

Recordaba sus palabras, su sonrisa, la alegría que irradiaba sin importar que estuviera prácticamente condenado a morir.

Él siempre tuvo plena fe en que se iba a recuperar, por lo menos eso era lo que nos dejaba ver.

Pero desgraciadamente llegó el día de ver partir a mi padre.

Cuando muere un ser querido es como si todos los recuerdos llegaran a la vez, no sé si le ocurre igual a todas las personas.

Los recuerdos embisten de tal forma que te dejan completamente inmóvil, las lágrimas son una fuga de la terrible tormenta que llevas dentro.

Es como si el tiempo se detuviera.

Sientes que no pasa nada, nadie existe para ti.

Solo están tú y el dolor que llevas, tal vez ningún dolor físico se pueda comparar a ese instante, es como si arrancaran un pedazo de tu alma, sin anestesia, sin aviso.

Tal vez ningún dolor físico se pueda comparar al dolor que sientes al ver partir un ser querido, es como si arrancaran un pedazo de tu alma, sin anestesia, sin aviso. Clic para tuitear

Todo se reduce a lo que estás sintiendo, un deseo profundo de que sea una pesadilla.

Pero necesitas afrontar la realidad, no hay de otra, la vida sigue.

Quisieras borrar ese momento para siempre.

Pero es imposible, nada cambiará lo que vives ahora, ni siquiera el más profundo deseo de salir corriendo.

A mí me había llegado la hora de afrontar esa horrible situación, había muerto mi padre, no tenía tiempo de llorar, no tenía tiempo de pensar, no tenía tiempo de salir corriendo.

Solo podía seguir adelante y nada más. También me pude haber echado a la pena, pero sería otra la historia.

Al día siguiente tenía que presentar un examen que podía cambiar mi vida, las Pruebas de Estado eran la oportunidad y la llave que tenía de entrar a una buena universidad, estudiar lo que siempre había soñado.

Pero en ese momento yo solo quería salir corriendo de allí, no quería pensar en nada.

Todo se reducía a dos opciones, echarme a llorar toda la noche y amanecer al día siguiente como un zombi, o descansar y alistarme para el examen.

Llevaba casi 1 año preparándome para esas pruebas, no podía echar todo por la borda.

La muerte de mi padre fue un viernes.

Por otro lado, el examen que debía presentar se dividía en dos jornadas, entre sábado y domingo.

Así que el velorio de mi padre sería exactamente los mismos días en los cuales yo estaría sentado, presentando las pruebas que definirían gran parte de mi vida.

Ni modo, tocaba dejar el dolor a un lado, por lo menos por un rato.

Sí, tal vez mi padre se había ido, pero yo no podía encerrarme en el dolor de una sala de velación y dejar tirado mi futuro.

Mi padre me enseñó que en esta vida se recompensa la constancia y el trabajo duro.

Así que para honrar su vida me levanté muy temprano el sábado, me fui para el Instituto Tecnológico de Manizales, lugar que me asignaron para presentar el examen.

Cuando entré al salón y me senté en el pupitre, de un momento a otro, era como si la muerte de mi padre se hubiera borrado de mi cabeza.

Solo tenía disposición de concentrarme en hacer lo mejor posible esa prueba.

No sé por qué, todo fluyó, de hecho, terminé con mucha anticipación, por lo cual pude salir temprano y volver a la realidad.

El apoyo de mis familiares y amigos era increíble, era difícil sentir un ambiente de tristeza, más bien sentía cómo las personas que amo tenían una palabra de aliento, un abrazo cálido que me ratificaba que estaban allí, para acompañarme a seguir adelante.

Era muy extraña esa situación, no sentía que estuviera en un velorio.

Más bien sentía que estaba en una reunión con mis seres queridos, era un momento para reencontrarme con varios de ellos a quienes no veía hace mucho.

Los recuerdos lindos de mi padre salían en cada conversación, era hermoso ver cómo la gente lo admiraba.

Él, mi padre, era más bien un hombre solitario.

Le gustaba ir por el mundo sin hacer demasiado ruido, trabajando sin descanso, creyendo en la Virgen María y echándose un par de aguardienticos de vez en cuando.

Un buen conversador, inteligente y amante de los temas políticos.

Ahora que caigo en cuenta, tal vez de él heredé lo solitario.

Aunque la mayoría de personas piensa que me la paso en fiestas, viajando y rodeado de amigos, lo que procuro es estar en casa, en compañía de mi bella Mumú y por supuesto mi pareja.

Me gusta la calidez y tranquilidad que da el hogar.

Bueno, pero volviendo al tema, ese fin de semana en el que velamos a mi padre, terminó extendiéndose hasta el martes. Todo porque estábamos esperando que llegara mi hermana mayor que vive en el exterior.

Era como si la vida misma se encargara de hacerle una larga despedida a mi padre, una forma de honrar por varios días la existencia de una persona que dio todo por su familia.

Los otros cinco hermanos ya estábamos en Manizales, pero obviamente no podíamos despedir a mi padre sin que estuviéramos los seis juntos.

Bueno, los siete, con mi madre.

Una familia grande que se unía alrededor de uno de los primeros golpes que recibiríamos.

Estar unidos era de gran ayuda, pero eso no sería para siempre.

Pronto, la lucha comenzaría a ser individual.

La despedida de mi padre no sería lo único malo que ocurriría esa semana, todavía faltaba un golpe que casi sería el principio del fin de esta familia.

Pero de ello te cuento en el próximo capítulo.

Hasta el próximo capítulo.

Alejandro Pérez
@CangrejoPerez

Lee los otros capítulos de la serie Fluir:

Capítulo 1 – Adiós Papá
Capítulo 3 – ¿Quién nació para sufrir?
Capítulo 4 – Jamás entendí por qué tomaste esa decisión 

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2 comentarios en “Capítulo 2 – Aprender a volar o morir”

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