Así como cuando uno busca respuestas y se encuentra con estas sabias palabras de Steve Jobs

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LA MALDITA SOLEDAD

Hay momentos en la vida en los que es muy difícil acostumbrarse a la soledad, cuando parte un ser querido, cuando terminamos con la pareja, cuando nos mudamos a vivir al otro lado del mundo. En fin, pueden ser muchas las ocasiones en las que la soledad es la única compañía, lo difícil es adaptarse a ella, acostumbrarse al sonido del silencio y las palabras de quien no está.

Somos seres sociales por naturaleza, desde pequeños estamos en contacto con personas que se encargan de cuidarnos y ayudarnos a crecer, es como si la niñez fuera esa burbuja en la que quisiéramos estar siempre, con personas alrededor pendientes de nosotros, nada nos falta, ni atención, ni un hombro para llorar.

Pero conforme pasan los años se aproxima la soledad, porque el ser adulto conlleva responsabilidades que hacen que uno se aleje de las persona que ama y que conoce, es como si las oportunidades muchas veces lo llevaran lejos de las personas que han sido su compañía por tantos años.

Lo más difícil de ser adulto es entender que no todas las personas van a estar en su vida para siempre, son pocos los que se quedan, pero uno sabe que esos que realmente valen la pena son los que siempre estarán allí, porque no importa cuánto tiempo pase sin verlos, ellos van a estar como si no hubiese pasado un solo día.

Tampoco es necesario engañarse, la soledad ataca de un momento a otro sin que uno se de cuenta, así tenga muchos amigos y conocidos llega un momento en el que por circunstancias de la vida uno se va quedando solo, se va quedando con una cantidad de palabras por decir sin que nadie las escuche, con una cantidad de momentos para compartir pero nadie allí para compartirlos.

Lo más difícil es caer en cuenta que por más que uno quiera tener a sus seres queridos al lado eso sería un imposible, pero aquí viene una parte importante de la que siempre nos hablaron, la madurez, la madurez para enfrentar una situación tan complicada como la soledad y aprender a convivir con ella.

Lo primero que hay que entender es que la vida no siempre ha de ser felicidad, nadie es completamente feliz en todo momento, aunque hayan muchos que pretenden mostrar una imagen tal, es claro que la procesión se lleva por dentro y muchas veces es necesario exponer una fachada totalmente opuesta a lo que realmente estamos sintiendo por dentro.

Lo segundo es que la soledad también es una parte fundamental de la vida, es una oportunidad para conocerse mejor, parece una respuesta común pero cuando se piensa más allá tiene mucho sentido. Nos pasamos la vida intentando conocer y comprender a las personas que llegan pero se nos olvida conocernos a nosotros mismos, es como si yo supiera que a mi pareja le encanta la pasta, pero cuando me preguntan qué es lo que me gusta a mí no sé ni qué responder.

No se le haga raro si usted es una de esas personas que conoce mejor al resto de la humanidad que a sí mismo, nos ha pasados a muchos, lo importante es darse cuenta que los tiempos de soledad nos permiten encontrar esos gustos y también nos hacen caer en cuenta de las cosas y personas que definitivamente no queremos en nuestras vidas.

Hay que quitarle ese estigma a la soledad que nos hace verla como si fuera negativa, como si la soledad fuera sinónimo de tristeza o abandono, más bien debería ser sinónimo de tranquilidad y búsqueda de lo que uno es.

Comenzar a pensar en la soledad como una oportunidad para crecer, de encontrarnos con esa paz interior que muchas veces no logramos cuando estamos con algún personaje que nos hace la vida imposible.

Es hora de dejar de pensar que debemos estar rodeados de cientos de personas para sentirnos bien, grandes y empoderados, quien se siente a gusto solo es quien sinceramente tiene una madurez suficiente como para aceptar su compañía sin necesidad de estar huyendo de sí mismo.

Moraleja Cangrejiana: la soledad no es tan mala como parece, lo mejor de ella es que nos enseña a ser grandes, a crecer en los momentos que todo parece que no va para ningún lado, a creer en lo que somos y lo que podemos llegar a ser. La soledad nos ayuda a creer en nosotros mismos, que al final es la única compañía que tendremos hasta el último de nuestros días.

Escribiendo desde lo más profundo del mar,

@CangrejoPerez

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LA HERIDA ESTÁ SANADA CUANDO SE RECUERDA SIN DOLOR

En cuestiones del amor todos creen tener la razón, ya sea porque están tan empendejados que no pueden ver la realidad tal cual es o porque han sufrido tanto que están completamente desilusionados y destruidos por dentro.

Sea como sea aquí la cuestión es que salir de una relación y volver a creer es muy difícil, tan difícil que a veces pasan años y aún seguimos sufriendo por lo que nos hizo una expareja, como si hubiera sido el fin del mundo que nos acabó con cualquier esperanza de volver a recomponernos, de volver a pensar que somos buen material para estar con alguien más.

Y es así como pasan los días, los meses y los años y no entendemos el porqué de no poder superar un despecho, que aunque ya no duela sigue haciendo estragos en nuestras decisiones. Es como si uno llevara un lastre que no puede dejar atrás y que a la vez destruye todo lo bueno que podría llegar.

Pero no todo queda allí, uno sabe que tiene mucho para dar pero no se da cuenta qué es lo que lo detiene para dar todo de sí, es como estar enceguecido delante de una gran respuesta, respuesta que es evidente pero pocas veces podemos o queremos aceptar.

Cuando uno recuerda con dolor a esa persona que hizo parte de su vida es porque hay algo que aún no ha sanado, porque falta perdón, faltan palabras de adiós o simplemente falta entender que realmente esa persona ya partió de nuestras vidas.

Es como si quisiéramos nunca soltar a ese personaje porque nos hizo tan felices y tanto bien que sería un gran desacierto hacerlo. Porque nos creemos incapaces de conseguir alguien mejor, alguien que supere las expectativas que tenemos, que nos haga volver a vivir y tal vez de una forma más intensa de lo que ocurría en el pasado.

Y seguimos desperdiciando el tiempo recordando los momentos de felicidad y de dolor, como si fuera una terapia que lo único que hace es agravar el desespero. Nos encapsulamos en momentos del pasado y perdemos toda noción de lo que podemos y queremos hacer con nuestras vidas.

Lo peor es que en muchas ocasiones nos mantenemos en los momentos de dolor, en esos últimos respiros de la relación que se volvieron insufribles, en esos dramas de nunca acabar que pronto terminan acabando hasta con uno mismo.

Y ese realmente es el problema, no nos enseñaron a perdonar, no nos enseñaron que la vida es un constante borrón y cuenta nueva, porque todo ha de ser dramático, terminar una relación es el fin del mundo y nada ni nadie nos hace cambiar de idea.

El fin de una relación se convierte en el fin del mundo y si no pasamos por el máximo de dolor permisible es como si no hubiéramos amado nunca.

El dolor es simplemente una consecuencia de haber vivido momentos fantásticos con una persona y terminar siendo absolutamente nada, echando a la basura una cantidad de cosas que en su momento tenían gran significado pero que ya no lo tendrán más.

Y es que no nos enseñaron que uno debe pasar la página, no nos enseñaron que todo tiene un comienzo y un final, está bien que haya dolor pero tampoco hay que echarse a morir gracias a ello.

Y la principal causa por la que no podemos olvidar es porque tampoco aprendimos a perdonar, es como si necesitáramos estar llenos de rencores con esa persona que se fue, como si tuviera una obligación de haberse quedado con nosotros por siempre, y eso nos duele, nos duele como un putas, tanto nos duele que perdemos la capacidad de recordar a esa persona sin dolor.

Aprender a soltar el dolor es clave a la hora de reconstruir la vida, aprender a olvidar lo malo con tal de seguir un camino hacia la felicidad, viendo la felicidad no necesariamente como tener de nuevo una vida en pareja sino también como la oportunidad de estar solo y aprender a querernos un poco más como somos y un poco menos por cómo nos ven los demás.

Aquí la clave es entender que para ser feliz no se necesitan grandes sumas de dinero ni una persona al lado, lo que se necesita para ser feliz es aprender a pasar la página, olvidar lo malo y quedarse con lo bueno que nos da la vida, saber que todo viene y va pero el único que se queda es uno mismo.

Hay que aprender que quererse un poco es saber desechar lo que no nos sirve, quedarnos con lo que nos ayuda a crecer y saber perdonar a quien nos ha hecho daño.

Escribiendo desde lo más profundo del mar,

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CUANDO UNO SUFRE POR PENDEJADAS

En cualquier momento de la vida en el que uno se encuentre siempre tendrá algo o alguien que le genera cierta zozobra, pensamientos que lo hacen sufrir por cosas que no han ocurrido y tal vez jamás llegarán a ser realidad.

Y es esa bendita maña que tenemos los seres humanos de tender siempre una trampa a nosotros mismos para terminar pensando en lo que no debemos, lo peor es que casi siempre es en el momento menos indicado.

El sufrimiento es algo a lo que todos estamos expuestos, el problema radica en que a veces es uno mismo el que se empelicula de forma tal que termina en unos dramas eternos que se desarrollan en cámara lenta en nuestra mente, es como si pusiéramos una película de terror a rodar pero con el guión más macabro que pudiera existir.

Los enredos en la cabeza comienzan a ser tales que uno termina viviendo una realidad distorsionada, cada cosa que le pasa se ve afectada por este pensamiento negativo que lo lleva a ver el vaso medio vacío y otras veces ni siquiera ve el vaso.

Y es que sufrimos por amores que no tenemos, como si las películas no fueran suficientes, nos metemos en cuentos de hadas con personas que no valen la pena y al final terminamos teniendo una historia de horror al caer en cuenta que esa persona no era la indicada, es más, estaba muy lejos de serlo.

Sufrimos por plata que no tenemos, esto sí que es una situación muy común, como si la falta de millones nos hiciera infelices, porque algunos creen que el dinero lo es todo, se la pasan añorando tener el carro del vecino, comprar la casa de cinco millones de dólares, o viajar por el mundo en primera clase, y lo peor es que para la gente estos dejan de ser sueños para convertirse en sufrimiento, sufren por lo que no tienen en lugar de trabajar para lograrlo.

Sufrimos por personas que ya no están, desgraciadamente a veces perdemos por siempre a personas que eran todo para uno, pero no me refiero a perder personas en cuanto a que se hayan muerto, me refiero a perder porque se hayan ido de nuestra vida con o sin explicación.

Y todo esto se convierte en un drama, porque la vida se convierte en un solo extrañar, recordar y sollozar pensando en el porqué de la partida de aquel personaje, como si para vivir necesitáramos de otro corazón u otra cabeza, nos enseñaron a ser dependientes de terceros y ahí está la raíz del sufrimiento humano.

Cuando uno deposita lo que es y lo que ama en terceros lo más probable es que al final termine padeciendo las consecuencias, consecuencias como sufrir por lo que no le compete y tener una vida triste gracias a que no está con quien supuestamente debería estar o no tiene lo que debería tener.

Sufrimos por enfermedades que no han llegado, los hipocondriacos somos más, más pendejos que el resto del planeta, porque nos la pasamos sufriendo por enfermedades fatales que tal vez jamás lleguemos a padecer, pero aún así sentimos que estamos a punto de perder la vida en cualquier instante. Bueno, aunque seguramente alguna enfermedad de la cabeza sí debemos tener, como por ejemplo, un tornillo suelto.

Y sufrimos por las catástrofes que no han pasado, porque somos especialistas en ello, vivimos pensando en que el peor momento está por llegar, más fatalistas no podemos ser.

Comenzamos relaciones y al segundo estamos pensando en el momento en el que terminarán, sufrimos porque nuestra pareja en algún momento se conseguirá otra persona y nos dejará, vivimos con zozobra y dejamos de vivir, porque cuando uno mantiene con un pie en el futuro no termina de disfrutar el presente.

Cada cosa tiene su momento y su lugar, las relaciones comienzan y terminan, las personas vienen y van, pasamos de ser empleados a desempleados, la vida misma comienza y termina en algún momento, y es esto lo que realmente debemos tener presente.

Hay que aceptar la vida como viene porque nadie tiene el futuro ni las personas compradas, cada cosa en su lugar y cada momento llegará, aceptemos lo que tenemos y vivimos hoy porque al fin y al cabo es lo único que tenemos, el mañana quien sabe si llegará pero el hoy siempre se podrá gozar.

Escribiendo desde lo más profundo del mar,

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