¿Dónde diablos se consigue la felicidad?

Últimamente me he puesto a pensar en esa vaina de la felicidad, qué es, se podrá conseguir, dónde se encuentra, por qué es tan esquiva. Estas y muchas preguntas más me han llevado a replantear ciertas cosas de la vida, gracias a ello y al tránsito continuo de ideas aproveché para escribir este post que espero sirva de catarsis y a la vez sea un pacto para que las personas que lo lean se replanteen si lo que están haciendo los hace felices o por lo menos los tiene en el camino hacia la felicidad. 

¿La felicidad existe?

Uno puede sentir felicidad cuando se come el postre que más le gusta, cuando le muerde la jeta a esa persona por la cual está chorreando la baba, cuando le cancelan la clase del sábado 7 a.m., o simplemente uno es feliz cuando está echado haciendo nada. De cualquier forma la felicidad es tan efímera y cortoplacista como un helado a pleno sol, rara vez uno puede alargar este tipo de felicidades. 

Para ilustrar el anterior párrafo vamos a recordar uno de esos momentos en los que uno está feliz echado en la cama, pleno domingo en la mañana, pensando que se va a quedar todo el día sin hacer nada, hasta sin bañarse, o sea, uno es feliz. Pero de un momento a otro llega el enemigo mayor de los días de locha: “La Mamá”, diciendo “A ver Alejandro, vaya báñese que nos vamos a visitar a su tía Magola que llevamos aaaaañññoooooossss sin verla” (para las mamás el concepto de ‘años’ se refiere a días u horas) y uno por dentro pensando: “Otra vez la pellizcadera de cachetes por parte de mi tía solterona, que más bien debería estar consiguiendo marido por Internet en lugar de estar jodiéndonos la vida”. Fin de la historia, la terrorista de la felicidad llamada Mamá acaba de destruir todo rastro de ella.

Ahí está el tema, la felicidad viene en pequeñas dosis, que duran poco tiempo y se desvanecen en un parpadeo. Por ello la clave es conseguir ese algo que le genere a uno un sinnúmero de pequeñas y cortas felicidades, que se vayan uniendo una con otra para que nos hagan pensar al final que es una gran felicidad.

¿Qué tan lejos está la felicidad?

La distancia entre la felicidad y los seres humanos es inversamente proporcional a la satisfacción que se tiene con lo que se hace, lo que se tiene y lo que se es. Pero contar con todos estos atributos al mismo tiempo es tan difícil como intentar no odiar a un(a) ex, pero que se logra se logra, hablo de la felicidad claro está, porque eso de no odiar a tu ex sí que es un imposible.

Uno vive pensando en llegar a ser feliz algún día, pero ¿realmente está haciendo algo por lograrlo? Por ello hay que pensar a fondo en la situación actual:

– ¿Soy feliz en el trabajo?

– ¿Soy feliz con mi carrera?

– ¿Soy feliz con mi pareja?

Uno de los temas álgidos en la vida es el tema profesional, sobre todo porque es allí en donde uno se tendrá que de desenvolver por el resto de sus días. Bueno, tal vez uno podrá cambiar algún día de profesión y oficio, pero no será tan fácil como, por así decirlo, en el tema de las relaciones de pareja.

Cambiar de pareja no es un tema tan complicado como cambiar de profesión, para la muestra muchas personas que van por el mundo cambiando pareja como cambian de calzón. Tal vez estas personas solo consiguen felicidades muy cortas con cada uno de los personajes con los que se meten y es por eso que andan con ese culiprontismo crónico que los mantiene saltando de cama en cama, perdón, de rama en rama.

¿El trabajo, la pareja y la plata dan felicidad?

El problema de buscar la felicidad en un solo lugar radica en que el día que dejamos de tener ese algo todo termina siendo una tragedia. Si uno pone toda su felicidad en el trabajo y el día de mañana lo echan, pues se acabó la felicidad. Si uno anda con su pareja feliz de la pelota por la vida y el día de mañana lo deja tirado por otro, pues se acabó la bendita felicidad y además le encimaron los cachos. Si uno anda lleno de plata, feliz gastando a diestra y siniestra y el día de mañana entra en quiebra, pues hasta ahí le llegó su felicidad.

Lo importante para caminar rumbo hacia esa vaina de ser feliz es saber que lo que se está haciendo va encaminado hacia un objetivo que le produce satisfacción, eso de sentarse todos los días a trabajar solo por un sueldo no es vida, eso de mantener una relación con una pareja que no le da buena vida porque supuestamente no va a encontrar alguien igual no tiene razón de ser, eso de acumular dinero para que luego uno cuelgue los guayos y lo terminen disfrutando otros, eso tampoco es vida. 

Moraleja Cangrejiana: la moraleja de hoy viene en forma gráfica.

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Uno tiene derecho a enamorarse, pero no a ser pendejo

La vida es eso que pasa mientras uno salta de un lugar a otro buscando eso que no se le ha perdido, o sea, el amor. Nadie nunca ha comprobado la existencia de esa vaina, pero todos creemos con una fe ciega en ella. Pero cuando el amor llega, o creemos que llega, es allí donde debemos poner un punto firme entre lo que somos, lo que queremos ser y lo que estamos dispuestos a cambiar para estar bien con la pareja. Es por esto que en esta oportunidad desarrollaré una idea acerca de lo que se debe o no mantener, cambiar y/o sacrificar por estar en una relación.

Sí, uno comienza a salir con alguien y todo es color rosa, o digamos más bien azul, o el color que más le guste a cada uno para no pelear. Durante las primeras semanas o meses todo es tan perfecto que tal vez por ello existen las mariposas en el estómago, porque la cursilería es tal que solo causa náuseas a todo el que presencia tal abominación, digo, amor.

No es que el amor sea algo malo, no. Lo que pasa es que cuando uno se comienza a enamorar es cuando todo se comienza a complicar, porque ya no se piensa y se decide por uno sino por dos, o por nadie, porque generalmente hay una persona en la relación que toma todas las decisiones mientras que el otro es un pobre borreguito que hace lo que su pareja decide, grave problema. Para aclarar este punto vamos a retomar las leyes cangrejianas, que desde hace rato tengo un poco olvidadas.

Ley Cangrejiana: El éxito de una relación se basa en mantener la individualidad de cada uno sin olvidar que ahora caminan dos de la mano.

Que ley tan cursi, pero pongámonos agrestes con esta vaina.

La forma más fácil de tirar por la borda una relación es cuando una de las dos partes comienza a tomar el control de la situación. Cada quien debe mantener su lugar y su posición sin necesidad de doblegar sus opiniones ante su pareja, cada quien debe mantener su postura, su decisión y sobre todo su determinación para enfrentar a su enemigo,  que para este caso llamaremos pareja.

Está bien, no en todos los casos se debe o se puede ser tan rígido, se presentarán muchas ocasiones en las cuales alguno de los dos tendrá que dar su brazo a torcer, pero no se lo deje torcer mucho, porque de pronto lo terminan dislocando, o peor aún, le fracturan algo peor que un hueso, le fracturan la vida.

Como decía mi abuela, las cuentas claras y el chocolate espeso

Para tener una relación sana es mejor que todo comience con claridad, cada quien debe poner sus puntos de vista y reglas para que no hayan malentendidos a futuro. Lo más práctico y sensato que se debe hacer es mostrarse desde el principio como uno es, y no andar mostrando facetas mentirosas e hipócritas con el único objetivo de que esa otra persona no se desencante del monstruo que llevamos dentro.

Nadie es perfecto, eso es claro, por lo mismo no es necesario mostrarse como una mansa paloma para después sacar las garras de águila, no, eso no se hace. Si a uno lo van a querer que lo quieran con sus garras y sus defectos como vienen de fábrica.

No hay que dejarse ver la cara de…

Es muy común que a medida que va pasando el tiempo uno se va acomodando a la situación, y se va acomodando porque en últimas no hay de otra, uno tiene que ceder en algo, pero hay que saber hasta dónde cede, porque esto no es como los zapatos que el vendedor le dice a uno: “Llévelos, llévelos que eso con el tiempo cede y le ajustan perfectos”, no señor. Cuando uno comienza a ceder mucho es cuando la relación ya no está quedando tan perfecta como debería, porque nadie nunca debe cambiar ni ajustarse para agradar a otros.

El punto exacto hasta el cual uno puede y debe ceder es hasta donde uno deja de sentirse cómodo para comenzar a sentir que está haciendo sacrificios. Los sacrificios se hacían en épocas en las cuales las personas creían que por matar una cabra iban a agradar a su deidad, pero hoy en día los sacrificios no se hacen de gratis, lo que uno sacrifica nunca vuelve, y en las relaciones es peor aún.

Otra cosa, no se puede confundir el amor con sacrificio. Hay muchas personas que tienen tal vez uno o varios tornillos sueltos porque se la pasan pidiendo sacrificios para que su pareja les “demuestre amor”, vamos con un ejemplo bien casual:

“Miamor, es que si tu no vienes conmigo a donde (la bruja de) mi mami durante estas dos semanas que tenemos de vacaciones entonces es porque no me amas”.

¡Pfff! Y quién dijo que semejantes sacrificios se hacían por amor, no señor, esos sacrificios se hacen por pendejo, porque si uno no quiere ir a visitar a su “queridita suegra” por dos largas semanas no quiere decir que quiera menos a su pareja, simplemente no quiere amargarse la vida de esa forma. En estos casos lo mejor es entrar a negociar un tiempo prudente, tal vez uno o dos días, pero no más.

Moraleja Cangrejiana: Es por todo esto que tal vez esto del amor no es para todo el mundo, porque quienes dicen conocerlo se quejan de haberlo conocido, quienes no lo han conocido se quejan de no haberlo sentido, y quienes ya lo conocieron y lograron escapar se alegran de haber salido con vida de allí.

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